Caminos.

Era la primera vez que la veía desnuda, y a pesar de que no era la primera mujer a la que veía de esa forma, ella era diferente a sus ojos. Se acercó lentamente, mirándola a los ojos intensamente. Tomó su rostro y la besó como nunca antes.
Ella temblaba, y eso lo hizo sentir más seguro y decidido: si algo quería, era hacerle saber que la amaba y que no había nadie más perfecta que ella, a pesar de todos sus defectos. Pero eran esos defectos, ese desorden y ese caos tan perfectamente ordenado que lo enloquecía, lo hacía desearla, pero más que eso, lo hacía querer cuidarla, y desde que la conoció lo único que deseaba era protegerla, aunque tuviera que hacerlo incluso de ella misma.
Los besos subieron de intensidad, las respiraciones comenzaron a hacerse más pesadas, más veloces, los latidos de ambos se sincronizaron en una melodía demasiado veloz, demasiado fuerte, demasiado apasionada, y la sensación de querer estar más cerca, más cerca, crecía, a pesar de que estaban lo más cerca que les era posible. Ella se aferraba a su nuca, lo besaba, lo mordía y suspiraba en sus labios, mientras él la abrazaba por la cintura, y trazaba lentas caricias en su espalda, haciendo que sus sentidos se dispararan y que sus terminaciones nerviosas le hicieran sentir emociones completamente nuevas, exquisitas, incluso tortuosas. De cuando en cuando abrían los ojos y se miraban, se perdían en el caos del otro, ese que nunca habían conocido pero el cual habían anhelado desde siempre, y ninguna voz pudo haberse expresado mejor de lo que lo hicieron sus ojos.
Comenzó a crecer en ellos la necesidad del otro, de estar juntos, de sellar de una vez por todas todas esas promesas que se hacían sin palabras, cosas que no se atrevían a decir en voz alta por miedo de las reacciones del otro, pero que demostraban día a día, cualquier acto decía mucho mas que cualquier palabra.
Entre besos y caricias, él la acorraló contra la pared y comenzó a torturarla con besos, mordidas y caricias que hacían que lo necesitara aún más. Lo único que podía escucharse en aquella habitación eran las pesadas respiraciones, que de vez en cuando se volvían gemidos, gruñidos, y el sonido de los besos que se daban, además casi podía sentirse en el aire el agitado pulso de ambos.
La tomó de los muslos y la levantó, llevándola a la cama, y depositándola suavemente. La tenue luz de la luna, que entraba por la ventana, la hacía ver más hermosa, sus rasgos y su blanca piel resaltaban más que de costumbre, y sus hinchados, rojos y entreabiertos labios la hacían parecer como sacada de una pintura.
Suavemente se puso sobre ella y comenzó a besarle el rostro, iniciando por la frente y luego los ojos, las mejillas, su barbilla, sin tocar los labios, haciéndola sonreír. Comenzó a descender por su cuello, lo recorrió con la nariz primero, y después depositó cuantos besos le dieron la gana, dejando incluso algunas mordidas también. Recorrió con sus labios cada milímetro de su piel que estaba marcado por sus clavículas, esas que lo volvían loco. Siguió bajando por su cuerpo, tratando de no dejar ningún espacio libre de él, de sus besos, de su esencia, hasta que llegó al camino que marca su abdomen, ese que lleva al remolino de su ombligo, pero que no termina ahí. Recorrió la línea primero con sus dedos, y luego con sus labios, deteniéndose en el ombligo y volviendo a subir. Quería aprenderse el camino de memoria, contar los besos que lo medían las veces que fuera necesario hasta estar seguro de no olvidarlo nunca, pero no contaba que iba a caer también en las trampas de sus costillas, esos huecos que se marcaban a cada lado, y que le daba la impresión de que nunca acabaría de conocer, sin importar las veces que explorara esos caminos, ya que con cada respiración (y debido al grado de excitación, muchas respiraciones agitadas) parecía que nacía un camino diferente, y de pronto todo tuvo sentido.
No se trataba de sus costillas, era la simple representación de ella misma. Con cada segundo que pasaba, en ella nacía algo diferente, ella cambiaba un poco cada vez, y él jamás podría llegar a conocerla por completo, y jamás la entendería en absoluto, porque ella era mucho más que algo entendible.
Él tendría que reconocerla cada día y cada noche, tendría que descubrir algo nuevo de ella a cada segundo, y la idea de tener que volver a conocerla cada vez que la encontrara de pronto lo llenó de una fascinación inexplicable.
Con una nueva energía, él recorrió el camino de vuelta a sus labios, y terminaron por fin lo que los uniría para siempre, incluso si algún día dejaban de estar juntos.