Cenizas quedan.

(Querido…)

Te escribí una carta, pero nunca vas a leerla.
Te conté mis preocupaciones y la llené de lágrimas y rabia. Te hablé de mis sueños y mis pensamientos. Te conté que es de ti de quien hablo en mis sueños, y que el polvo de los muebles te conoce de memoria.
Te conté de mi infancia y de lo mucho que me hiciste falta, aunque no te conociera. Te conté de mi adolescencia y de todas esas cosas que me hicieron ser quien soy.
Te conté de mi amor, de ese que parece ya no importar, y que aunque parezca minimizado, cada día crece más. Te conté de las mariposas, y de esos insectos que invaden mi estómago, y que a veces los siento revolotear calmados, rodeados de una ligera bruma que les hace desear bailar; y que a veces escarban muy profundo, furiosos, buscando las cosas malas que comienzan a brotar desde el fondo y que no me dejan vivir en paz.

Pero no lo sabes.

Y no vas a saberlo.
Esperé a que te fueras de casa y te escribí la mejor carta del mundo.
La carta más sincera que (estoy segura) existe.
La carta que te deja verme, que te permite leerme.
La carta que (con mucho esfuerzo, tal vez) lo explica todo.

Pero esperé a que te fueras.

Las palabras quemaban mis dedos. Debí darme cuenta de la tremendamente irónica señal.

Terminé con un te amo, como siempre; con un suspiro, con el estómago vacío y el sobre repleto de cadáveres.

El fósforo.

La fricción.

El papel.

El olor.

Vi cómo cada una de mis palabras se iban consumiendo. Todo en cámara rápida, y me pareció que debí haberte contado eso también. Que el fuego es más rápido que los ojos y el arrepentimiento, que no debí ver lo que vi ni leer lo que leí. Que en lugar de reproches guardados y peleas no peleadas, debí escribir más cursilerías, sólo unas cuantas más, para que nunca sospecharas que sé lo que sé.

Al final sólo quedó un pedazo de papel con las orillas aún humeando y un montón de palabras inteligibles cubiertas por un poco de hollín,y un montón de cenizas.

Ahí estaba tu carta. mirándome. Pidiendo que volviera a escribirla.

Ahí estaba la carta, la que quería que vieras.
La metí en el sobre, escribí el remitente y el destinatario, riendo un poco por tener la misma dirección.
La guardé en un cajón.
En ese cajón que nunca abres porque no hay nada tuyo. excepto que te equivocas, porque ese cajón lo llené de ti.

Las escuchaba.

Las palabras salían del cajón (huían del cajón) en susurros que inundaban mis oídos y llenaban la casa de nostalgia. Mis miedos gritaban, mis recuerdos reían, mis tristezas lloraban, y, mi amor, mi amor quemaba. Qué ironía.
De repente vi los destellos que te avisan demasiado tarde que, efectivamente, es tarde. Levanté la vista sólo para comprobar que todo estaba en llamas. Me hubiera gustado escribirte también que las cosas encendidas parecen de papel. Se deshacen. Se convierten en esa cosa suave que se deshace entre tus dedos y que sólo dejan una mancha.

Mi casa se quemaba.

Me hubiera gustado haberte escrito que en realidad no me importaba.

Porque al ver estas ruinas en que llevo tantos años viviendo, me di cuenta de que mi hogar no es aquí donde me encierro.
Mi hogar eres tú, donde no me permito entrar.

Atentamente…