Presagio.

Mi pecho ardía, pero debía seguir corriendo a pesar de ello, a pesar de todo, o algo terriblemente pasaría. Lo sentía por todos lados, esa sensación de que algo terrible se acerca, pero ese algo no era para mí.
Era para él.
Yo corría tan rápido como podía, luchando contra mis piernas que suplicaban por un descanso, contra mi corazón que estaba a punto de salirse de su lugar, luchaba en contra del dolor porque no podía permitir que nada le pasara.
¿Pero quien era él?
Volteé a mirarlo, en parte para asegurarme de que se encontraba bien, pero sobre todo, de que seguía conmigo., pero la verdad quería ver su rostro, pero no pude hacerlo. Cada vez que intentaba ver su rostro, algo lo impedía, y esta ocasión fueron mis propios ojos, quienes compartían el cansancio de todo mi cuerpo y comenzaron a ver borroso. Respiré hondo y seguí adelante, siempre adelante.
No tenía idea de quien era él, pero le conocía. Su presencia me hacía moverme por inercia, y debía correr por mi vida, pero sobre todo por la suya. Sentía su mano enganchada a la mía, tan cálida, tan conocida, pero también sentía como si la tomara por primera vez, y tal vez así era.
Quería detenerme y preguntarle su nombre, o por qué lo protegía de esta manera, por qué me sentía obligada a correr por él, aunque ni siquiera por mí correría, pero no podía o algo terriblemente malo sucedería, ¿pero qué? ¿Por qué?
De pronto escuchamos pasos ajenos a los nuestros, fuertes pisadas que trataban de igualar o incluso rebasar nuestra velocidad, cada vez más cerca, más cerca, y la desesperación crecía dentro de mí, y su mano se apretaba más a la mía, y su respiración agitada era de alguna manera un gran alivio, porque seguía conmigo.
Decidí dar vuelta en algún lugar.
Mala idea.
De pronto el paisaje cambió y estábamos acorralados. Ellos se acercaban cada vez más y nosotros no teníamos a dónde huir.
Corrí hacia el frente, y el olor a sal me golpeó de pronto.
Un acantilado nos aguardaba al frente, y ellos se acercaban cada vez más, y temía que lo que ellos pudieran hacernos fuera peor que saltar. Y lo era, seguramente lo era.
Me detuve y él hizo lo mismo, y una tormenta de arena me impidió ver su rostro una vez más.
No podíamos hablar pues nos faltaba el aire, por lo que su voz tampoco pude conocerla (o reconocerla), pero incluso si no podía saber quien era, yo me sentía como yo misma a su lado, y haría cualquier cosa para protegerlo, y era lo que iba a hacer.
Ellos se acercaron cada vez más, y por alguna razón no parecían cansados. No recuerdo sus rostros, pero puedo ver sus sonrisas siniestras, burlonas, que me hacían confirmar que definitivamente nos esperaba lo peor.
Él me soltó y yo me quedé helada, sin saber qué hacer. Me acerqué a ellos, sin una idea pero esperando poder ayudarlo, pero él se alejaba de mí y supe lo que iba a hacer.
Iba a lanzarse.
Aterrada, me di la vuelta y pude ver su espalda en el momento exacto antes de que cayera. Un grito lleno de terror salió de mi garganta y mis ojos se llenaron de lágrimas.
¿Quién eres? ¿Por qué haces eso?
En un último intento corrí hacia él y me lancé también, dejando de lado mi miedo a las alturas y que no sé nadar, y traté de alcanzarlo, traté de tomar su mano o aferrarme a él pero no pude alcanzarlo.
Lo vi caer dentro del agua, y cerré los ojos con fuerza, esperando el impacto.
Entonces, de golpe, desperté. Mi corazón seguía palpitando con fuerza, y mis mejillas y cuello estaban empapados en lágrimas.
Otra vez este maldito sueño.
Tenía una sensación extraña, como cuando tienes un deja vu, pero a la vez, sabía que esto aún no había pasado, y casi con seguridad sabía que esto sucedería, y estaba aterrada.
No pude ver su rostro, nunca puedo hacerlo, pero mi desesperación por salvarlo a pesar de ello era tal que me di cuenta de que cuando lo encontrara, haría lo que fuera por mantenerlo con vida.
Sólo tengo que hallarlo, o algo terrible va a ocurrirle, y no puedo permitirlo.

Gotas de ti.

Un día de lluvia como cualquier otro. El agua recorre mi cuerpo. El aire frío golpea mi rostro y tu recuerdo me golpea con más fuerza.
Me había prometido no extrañarte,  no mirar hacia atrás, no caer en lo mismo… pero al final del día,  no es la única promesa que he roto. Es triste no poder cumplirlas ni siquiera contigo mismo, pero creo que me estoy acostumbrado. Pero he decidido dejar de luchar.
Me siento en el pasto, dejando que la tormenta me muestre que no soy inmune a ella, ni a ella ni a ti. Pero poco importa ahora.
Porque evitar a la lluvia es incluso más fácil que evitar todo lo que siento… todo lo que me haces sentir.
Una gota me recuerda tu sonrisa, una más me echa en cara que al menos una vez yo la puse en tu rostro.
Otra gota me trae el pasado, y miles más caen sobte mí: todas esas promesas que rompimos.
Al fin y al cabo,  las promesas se hacen para quebrantarse algún día.
El viento me pide que sea como él.  Nada lo detiene y sólo sigue su camino. Sin recuerdos,  sin pasado, y con un futuro incierto, y sopla aún más fuerte al percatarse de que no me muevo ni siquiera un milímetro. Pero no lo entiende,  y nadie puede hacerlo.
A veces sientes algo tan inmenso, tan apasionado,  tan intenso,  que crees que nadie más lo ha sentido antes,  y llega a ti un nuevo dilema: desearías que alguien pueda comprender por lo que estás pasando, que sepa exactamente cómo te sientes, pero la envidia es más fuerte, y amas creer que has descubierto el secreto más grande de la humanidad, y que nadie nunca podrá sentirse de la misma forma que tú.  Deseas con todas tus fuerzas que alguien comparta eso contigo, pero deseas aún más guardarte eso para ti: lo mejor y lo peor que ha podido pasarte en toda tu vida.

A pesar de todo lo que pasa a tu alrededor, conservas calor dentro de ti,  y eso es justo lo que siento. La cuestión es que ha empezado a quemar. Conoces a alguien que te muestra de lo que eres capaz, de todo lo que puedes sentir, y de pronto todo eso que llevas dentro comienza a destruirte. Gota tras gota. Palabra tras palabra. Recuerdo tras recuerdo.
Cierro los ojos y me sumerjo en algo que es más grande que todo. Me sumergo en el pasado y en el presente, y ni siquiera puedo llegar a tocar el futuro. No estoy cayendo ni estoy avanzando, más bien estoy flotando.
Me quedo estática en ese punto que jamás llegas a percibir: el presente. Cuando menos me lo espero, el pasado toma ventaja y comienza a acercarse,  pero sin llegar a tocarme, y ahí está otra vez ese sentimiento, casi podría jurar que una versión pasada de mí ha vuelto a recordarme todas esas cosas que creí haber dejado atrás.  Y comienzo a confiar en el pasado. De pronto parece que puedo confiar sólo en mis recuerdos, u entonces la realidad me golpea: no estoy siendo yo misma. No puedo volver y nunca podré hacerlo.
Y entonces todo cobra sentido, o casi todo. Nunca volveremos a ser lo que fuimos, nunca volveremos a sentirnos igual, lo qie ayer significaba todo en nuestro mundo, hoy simplemente no tiene sentido. Lo que solía ser un sólo mundo (el nuestro) terminó dividiéndose. Cada uno con circunstancias distintas, con caminos separados, con historias diferentes. Las sonrisas, los momentos, las miradas, las palabras, las promesas… todo lo que hicimos siempre va a formar parte de nosotros, y siempre va a permanecer ahí, pero no de la forma que esperamos. Significaron algo, y siempre va a ser así, pero nunca lo mismo que en aquel momento. Es nuestra historia y son nuestras cosas, pero no somos nosotros.
El sol comienza a asomarse entre las nubes, pero no brilla como antes.
De pronto dejo de confiar en los recuerdos, pero me aferro a ellos, por miedo a caer de pronto.
El pasado nunca me alcanza, y nunca podré tocar al futuro.
He decidido dejar de luchar. He decidido empaparme con todo lo que me rodea… empaparme de ti.
Nadar contra la corriente no tiene sentido, así que me sumerjo. Me sumerjo en ti, en tus recuerdos, en la forma que me veías, esa mirada que me dijo todo lo que necesitaba saber, en tu sonrisa, en tus promesas, en nuestros planes, en el futuro que construimos en nuestras mentes.
No quiero olvidarte y no voy a hacerlo jamás. Voy a dejar que fluya, voy a pensarte hasta que ya no duelas más. Cada cosa que hicimos nuestra, permanecerá así: siendo sólo de nosotros, aunque ese nosotros ya no exista.
Cada cosa que me lleve a pensarte, será una gota que caiga del cielo. Así como cada estrella que contenga algo nuestro.
La lluvia para y permanezco ahí. Tirada, dejando que tu imagen me llene de calor.